Manola y las gallinas

Por: Gabriela Hernández (1996, San Juan, Puerto Rico)

“Theater of the UPR Rio Piedras”
Paul Weaver – 1949

I

Luisito relajaba mucho con eso. Todos se reían cuando lo mencionaba, pero a mí me entraba un calor por el cuerpo que me ponía los cachetes rojos y no sabía a dónde meter la cabeza. En esa oficina pasaban una de cosas… Claro, para ese entonces yo todavía no era supervisora, pero recuerdo que ya empezaban a darme más responsabilidades. Galarza llegaba todos los días poco antes de las ocho y media, se tomaba su pocillo, y me dejaba su oficina abierta para que yo sola cuadrara la nómina. Esos jefes me dejaban unos cheques de miles de dólares sin firmar, más dinero que el que me ganaba yo en un año, fíjate. A Galarza no se le veía en todo el día hasta como las cuatro cuando su madre lo llamaba para preguntarle si iba a cenar en su casa esa noche. Le decía que sí, como siempre. Esa mujer de Galarza no estaba bien. Había cogido el vicio de la bebida y ni a los niños atendía… La doña les hacía la cena todos los benditos días y a veces hasta el almuerzo. Bueno, la cosa es que como para el tiempo de Galarza casi nunca había un jefe que controlara al hijo de su santa madre que era Luisito, pues te puedes imaginar… El Luisito la tenía con la pobre Manola, que de un tiempo acá fue perdiendo el avión.

Mija, se te enfría el café. ¿Le digo a Iris que te lo caliente un poquito en el microondas? …Toma.

Luisito siempre andaba con un chiste, y los bambalanes de Roberto y Cucho le reían las gracias a cada rato. Ese día le dio por traer una gallina de su casa cuando regresó del almuerzo y para qué fue eso. La gallina paseándose por todo el piso, metiéndosele entre las piernas a las secretarias, en una hasta tiró un chorrete de mierda porque Luisito le zapateaba bien cerca para que cogiera vuelo, el vuelo ese pendejo de los pollos. El piso entero mondao’ de la risa, y cuando la pobrecita de Manola llegó, ni sabía qué estaba pasando. El hijuela de Luisito, sabiendo que Manola era frágil de los nervios, le puso la gallina debajo del escritorio. Cuando se fue a sentar, que ella sintió ese cosquilleo en los talones, y miro para abajo y vio ese pollo flaco cacarearla ahí mismo, brincó del susto y, con el impulso, se fue para atrás con todo y silla. Patas arriba, llorando y gritando como loca, sin importarle que se le habían rajado los panties. Qué bochorno. Me acuerdo de que Luisito le dijo ahí mismo: “Verdad es, que a ti te asusta que te pongan huevos entre las patas.” Roberto y Cucho casi salen corriendo de la oficina por la pavera que tenían.

A eso me refiero cuando te digo que él no tenía pelos en la lengua con eso del asunto de Manola. Bendito…si todo el mundo sabía que la habían violado, y que el nene que tenía era de aquel hombre. Eso fue como al año de ella haber llegado al departamento y nunca fue la misma. Se le pasaban cayendo las tazas de café con el más mínimo resoplo de uno, a veces le daba un ataque de llantos y se metía el baño. Yo en ocasiones la escuchaba, pero no me atrevía a decirle nada. Una vez entré y le dije que si no se espabilaba los muchachos iban a seguir cogiéndola de mangó bajito y así no podía ser, que las mujeres tenían que ser firmes y darse a respetar. La cara que me puso me dejó fría. Yo sin pensar y quizás la pobre pensaba que yo le estaba hablando de la situación suya. Ella salió del baño sin decirme ni , y yo la verdad que después de eso no fui muy íntima con ella que digamos. No por nada, pero para evitarme malos ratos, tú sabes…

Desde ese entonces, ese era el relajo, que si Manola y las gallinas, que si un pollo aquí y que si otro allá. Y todo gracias a que la mujer de Luisito criaba pollos para matarlos y venderlos. Le vendía huevos a todo el barrio y hasta alguno que otro cafetín del área. Yo de pensar en cómo debía estar ese patio lleno de plumas y mierda de pájaro me daba un asco… Y pues, al zángano de Luisito, como le sobraban los pollos, un día llegó temprano a la oficina con un corral de aves. A esa hora solo estaban las de limpieza, Don Salomón el de mantenimiento—que es primo de Cuchi—y yo, que siempre llegaba a primera hora porque tenía que dejar a los nenes en la escuela bien temprano. Y Luisito que entra con unas jaulas preñadas de pollos que Roberto le estaba ayudando a cargar. Sabrás tú que salí volando de la kitchenette para preguntarles qué caramba estaban haciendo con todos esos pollos, que si Galarza llegaba y los veía se iban a llevar tremendo regaño.

Iris, tráete del iced tea que tengo en la nevera de allá atrás que hace un calor…

I.II

Mantenerse en silencio es una destreza que se aprende, pero con el tiempo funciona un poco como memoria muscular. Nuestras madres nos enseñaron a callar la boca, a ser invisibles, a no hacer ningún ruido. Para una mujer es fácil ser periodista, una buena al menos. Una niña calladita se ve más bonita: eso coreaban mi abuela y mi madre cuando me asomaba a la sala cuando era pequeña y me deba con comentar en las conversaciones que tenían en la cocina tarde en la noche, acompañadas por una taza de café y pan de maíz. Siempre he pensado que el trabajo de un buen periodista es sustraerse del relato, crear un cuento huérfano, sin boca que lo recite. No tener nombre, no contestar, hacerse invisible e inmaterial… No aceptar regalos ni favores. El café que me ofreció Doña Tuti mientras me hacía el cuento de Manola fue el único desliz que me permití. No conozco quién se enfrente a las posibles consecuencias de rechazarle una taza de café puya a una señora como ella. A sus setenta y pico de años aún se peinaba su cabello dorado con laca, como un hermoso panal de abejas. Sus aretes seguramente costaban lo que me gasto yo en cuatro meses de renta, y por mucho calor que hacía, llevaba un atuendo azul royal que me recordaba a Doña Fela. Solo le faltaban las gafas. Iris, la criada—notarán—tampoco habla durante la grabación. Imagino que por lo regular no habla mucho. Iris podría ser mucho mejor periodista que yo, si quisiera. En fin, tuve que trazar la línea con el té frío que me ofreció a pesar de que la lengua se me pegaba al paladar en esa tarde calurosa en Miramar.

Sigo en esto del periodismo porque fue lo que estudié y porque de casualidad he conseguido varios trabajos ejerciendo esta moribunda profesión. Es catártica, la redacción periodística, para una escritora frustrada. No te tienes que arrancar las palabras. No tienes que hurgar dentro de ti. Eres una mano sin nombre que escribe, que se permite muchas voces y muchas letras. Quizás por eso sigo en periodismo. Me permite habitar seres incompatibles con el mío, hablar con otros y por otros, decir medias verdades, creerme omnisciente.

Conocí a Doña Tuti porque cuando le comenté a mi vecina, Angie, que estaba haciendo research y redactando alguito para una biografía de Hernández Colón, me dijo que su mamá por muchos años le limpiaba la casa a esta señora que trabajó en el Departamento de Justicia y fue secretaria ejecutiva y mano derecha de gente muy importante. Angie me puso en contacto con la señora, con la quien tuve una llamada telefónica inicial muy larga, de más de una hora. Me habló de que nunca fue a la universidad y solo tomó un curso secretarial, pero empezó desde abajo como secretaria y con el tiempo se certificó en algo de contabilidad porque siempre se le dieron los números. Así siguió hasta que conoció a Hernández Colón cuando éste dirigía el Departamento de Justicia y el resto es historia. Por supuesto, esa historia me la contaría de principio a fin sin ignorar el más mínimo detalle una semana después. En eso me encontraba esta tarde en su residencia en Miramar, una de las pocas casas que aún se conservan del boom arquitectónico de la zona para allá en los cincuenta. Tenía un matojal de plantas cubriendo por completo la entrada a su casa, trinitarias, cara de caballo, bromelias, begonias, lengua de suegra, crotón, palmas, helechos, una que otra orquídea: una jungla tropical la cual atravesé cuidadosamente sin lograr espantar a los lagartijos que se escurrieron entre la sombra cuando me vieron pasar. Ya en el balcón pude escuchar un rbolero de Cheo Feliciano, y recordé a mi madre.

Los domingos, antes de que dieran las nueve de la mañana, se podía escuchar el mar desde casa. Si a mami le había ido bien la noche anterior y no llegaba demasiado tarde, madrugaba para hacernos unas arepas de maíz en el fogón. Yo me despertaba y olía el olor de las hojas de plátano quemándose en el fuego y sabía que mami estaba contenta, más aún si tarareaba algún bolero, casi siempre de Cheo. Mis hermanos aún dormían y yo atesoraba ese momento a solas con ella cuando aún había silencio, aunque no del todo. El “silencio” que había era el silencio de los muñequitos en el televisor, la secadora dando cantazos contra la pared, la bachata sonando levemente desde el carro en la marquesina… Pero a las ocho de la mañana, cuando estábamos mami y yo solas, mezclando la harina de maíz con leche de coco, velando que no se empelotara, no temía la sensación ahorcadora de la realidad, ese conocimiento de que era demasiado frágil para el trueno de lo horrible y el escándalo de lo mundano. Sabía lo poca cosa que era, incluso a esa edad tan joven, y veía cómo los deditos de mi alma trataban de alcanzar ese paraíso inefable que era estar sentada con mami en la baranda del balcón, susurrando para tratar de escuchar las olas romper desde Loíza Aldea.

Una señora se me acercó y me avisó que podía pasar a la casa. Se veía inadecuada, con sus pantalones de mahón a la rodilla, chancletas mete-deo y una deslucida polo de rayas, enmarcada por el cuadro inmenso de la puerta de roble y el suelo de mármol a sus pies. —Pase, señora—me dijo mirando mis zapatos de cuero desgastados.

II

—Tuti, tú tranquila, que ya me dijeron que Galarza no viene hoy porque tiene la Primera Comunión de su nena.

—Me importa un bledo. De esta oficina no vas a hacer tú un gallinero.

—Tuti, de esto no digas ni pío—me dijo, acercándose mucho a mi cara.

—“Pío” va a hacer la Manola cuando encuentre estos pollos en el clóset—dijo Cucho entrando por la puerta con otras dos jaulas de gallinas.

—¡Pero Luisito, por amor a Dios…! —le grité, nerviosa, porque esto se me estaba saliendo de las manos.

—¿Vas a llamar a Galarza entonces? Si quieres te marco el número de la casa yo mismo, a ver si contesta su señora esposa… ¿Hablas con ella? A ver si le dirige la palabra a la…

—Cállate. Yo me lavo las manos de todo esto. Ustedes resuélvanselas con Galarza.

Luisito me sonría, pero lo que se le notaba en la cara era la malicia del mismo diablo. Era senda víbora, siempre velando si uno ponchaba cuando no era, insinuándosele a las secretarias, lambiéndole el ojo a Galarza y a los jefes. Era un canalla.

Así mismo me di media vuelta y lo seguí para mi oficina. Me lavé las manos como Poncio Pilato y que allá hicieran lo que les diera la gana. Si comoquiera un día de estos Galarza se iba a retirar o lo iban a poner como asesor de Hernández Colón y cuando me pusieran a mí de supervisora ahí entonces iban a ver si el gas pela. Y que sacándome en cara lo de la mujer de Galarza, esa esloquillá, como si yo tuviera que avergonzarme de algo…

—Buenas tardes, Manola—dijo Roberto con ironía.

—Buenos días—escuché a Manola decir con voz temblorosa. La pobre.

—Manola, Galarza no viene hoy así que no podemos dejar los informes para el lunes. Recuerda entregárselos a Tuti antes de que acabe el día. Pero antes de, hazme el favor y búscame los documentos del trimestre pasado para compararlos con los de ahora.

Manola se detuvo de camino a su escritorio y miró incrédulamente a Luisito. No le tocaba a ella buscarle nada. Ella no era su secretaria, por algo la había cambiado por Lucerito hace 3 años. Estaba cansada. Tiró sus motetes al suelo sin preocuparse qué pensarían de ella al respecto, si tenía mala actitud, si estaba loca, no le importaba. Ya no le importaba nada.

Manola se acercó al clóset de almacenamiento sin percatarse de la risa maléfica de Luisito, las risas que trataban de aguantar Roberto y Cucho, y la tensión del resto de los oficinistas que la observaban con expectativa mientras le daba vuelta a la perilla de la puerta. Empujó la puerta hacia adentro y entró al clóset oscuro. Adentro, mientras guiaba su mano en busca del interruptor de la luz, sus dedos rozaron una suavidad extraña que la hizo alarmarse. Ahora tocaba las paredes con desespero. Los pollos, como si lo hubiesen ensayado, abrieron sus picos amarillos y comenzaron a cacarear en un coro ensordecedor. Manola pegó un grito que desgarraba sus cuerdas vocales, y antes de poder salir corriendo, Luisito y Roberto ya habían corrido a cerrar de cantazo la puerta del clóset y a barricarla con sus anchas espaldas. Del otro lado, se escuchaban los pollos mezclarse con los gritos dementes de Manola mientras ésta gritaba y daba puñetazos contra la puerta que Luisito y sus dos cuates intentaban mantener cerrada.

En eso yo no pude contenerme más ante el asco que sentía al ver que ninguno de los pendejos en la oficina hacía algo al respecto. La mayoría de las chicas miraban con un perturbador pero excitante horror, y los hombres que no se estaban muriendo de la risa, lo seguían con su taza de café y una virá de ojos tratando de demostrar su desaprobación debilucha, cómo si eso los salvara de algo, como si eso sirviera para algo. Yo corrí hasta el recibidor de la oficina, que Sarita la recepcionista había dejado desatendido para irse a cuchichear con sus amigas y ver el horrendo espectáculo de Manola y los pollos, y con todas mis fuerzas bajé la palanca de la alarma de fuego que sonó como las mismas trompetas del apocalipsis e hizo que llovieran chorros de agua del techo. Las secretarias chillaban por sus cabellos mientras los hombres trataban de que salieran en fila. “¡Hay un fuego! ¡Salgan!” se escuchaba a los más bravos gritar. Los ciento y pico que estábamos en la oficina bajábamos los siete pisos de escaleras como si nos estuviese persiguiendo el diablo, y yo por dentro sin todavía creer lo que yo había hecho. Mis dientes titiritaban por lo enchumbada que estaba, y por varios minutos en lo único que podía pensar era en el sonido de los cientos de tacones bajando todos esos escalones, como un frenético tablado de flamenco.

III

Sé que algo anda mal cuando a mitad de noche aún no me da sueño. Eso significa que hay algo que me come la mente y a la vez me carcoma el cuerpo. Me hace falta escribir para apaciguar las inquietudes de mi interior. Un dulce sereno: así debería ser la escritura. No este cuerpo caliente que late y sufre y desea, el deseo huérfano de un cuerpo que pivota los pies y convulsiona sus caderas cuando escribe, que suelta un grito mudo al abismo y cae rendido de rodillas sobre esa brea tan caliente o ese mármol frío, tan frío que quema porque enmudece la piel. Y me pregunto por qué la brea es quebradiza, y las aceras se abren a insistencia de las raíces de árboles, y por qué hay pisos de mármol y ventanas con vistas a los toldos azules que aún cubren los barrios de este país. Me pregunto por qué el señor de la esquina de la avenida conversa con imágenes flotantes, y yo converso con el fantasma de Hernández Colón para que me paguen algo de dinero. Me cuestiono por qué en mi tiempo libre escribo sobre este espectro y sobre muchos otros, para llevar a cabo esta danza macabra en honor a este país, que es un cordero sacrificado.

No puede pasar de mañana que entregue mi primer borrador de uno de los capítulos de la biografía de nuestro exgobernador Rafael Hernández Colón, pero heme aquí frente a la computadora, con una caótica recopilación de anécdotas de sus compañeros de clase en Johns Hopkins, de familiares lejanos, hasta de uno que otro estudiante suyo de la Pontificia… pero eran los relatos de Doña Tuti, la mayoría de ellos terriblemente (nada que ver) con Hernández Colón, los únicos que me parecían que valían la pena contar. ¿Qué hacer con ellos?

Miraba fijamente el cursor de la computadora parpadear al final de la última oración que había escrito sobre la sórdida historia de Manola. Había un final oscuro, el cual Tuti me obligó a nunca incluir en “mi libro” y que para contármelo, tuvo que mandar a Iris a la cocina y a mí que apagara la grabadora. Mi editor no iba a aceptar esta retahíla de cuentos sueltos, mucho menos uno sobre un suceso tan grave y potencialmente perjudicial para el legado de Don Hernández Colón.

Recordé la tentativa brisa que me soplaba en aquel balcón con Doña Tuti y pensé en el balcón de mi infancia, donde la brisa no tenía pavor y Cheo cantaba junto a ella. Franqueza cruel quiere decir… que ya no vuelvas más. Franqueza cruel quiere decir… que entraste en mi pasado, que sobras a mi lado… Después que la lluvia artificial esparciera a los crueles oficinistas, el suelo de linóleo quedó empapado y cubierto de plumas blancas empapadas. La oficina se mantuvo en silencio excepto por el sonido de unas cuantas gotas cayendo sobre el piso. Tuti había logrado escapar de la multitud de reporteros que preguntaban sobre un posible fuego en el Departamento de Justicia. Tuti entró por las puertas traseras y subió el elevador hasta el piso 7. Cuando entró tuve que retorcer la cara por el olor a pollo mojado que había. Caminaba despacio para no resbalarse con los charcos de agua. Vio el closet de almacenamiento abierto y se apresuró para ver si Manola había escapado. Recordó haber visto a Roberto y Cucho azora’os abajo, pero nunca divisó a Luisito, ni tampoco a Manola. Antes de poder acercar su mano a la puerta, la figura alta y oscura de Luisito emergió del clóset. Tenía la cara roja y las entradas de su grasoso cabello llenas de sudor. Tuti bajó la vista y vio su correa suelta y el botón de su pantalón deshecho. Luisito ni se inmutó al ver a Tuti. “Ni pío de esto,” le susurró al oído al pasarle por el lado. Tuti no pudo ni mirar hacia atrás y verlo irse con su sonrisa enferma y sus ojos rojos como el demonio. Tuti entró al closet. Lo que vio la hizo llevarse las manos a la boca horrorizada. Manola yacía tirada en el piso, las medias y su falda rota por el mismo medio. Su mirada vacía, que en una ironía terrible, estaba dirigida a la igualmente eslembada mirada de un pollo entripado que le picoteaba la mejilla suavemente.

Cerré los ojos… Y si acaso, has pensado que me hieres… Diciendo al final que no me quieres… Escucha otra vez mi franqueza cruel… Tú serás algo muy fácil de olvidar… Volví a oler el dulce olor de la leche de coco mientras mecía mis pequeños pies desde el balcón de la casa… Tenía los puños muy fuerte, y apretaba la quijada tratando de borrar los sonidos domésticos de mi cabeza, pero era inútil. Ya no podía escuchar las olas romper desde Loíza Aldea, quizás verdaderamente nunca pude. Abrí los ojos y borré el largo párrafo que había escrito. Eso fue lo último que se supo de Manola.

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