Lecturas para el fin del mundo

Por: Roberto Guzmán (1997, Caguas, Puerto Rico)

vía Dazed digital Magazine

La cuarta parte de 2666 se titula “La parte de los crímenes” y relata los feminicidios en la ciudad de Santa Teresa, en el México ficcionalizado de Roberto Bolaño. La ciudad es, en el imaginario, una réplica de Ciudad Juárez y su crisis factual. Eso sí, cuenta con dos puntos firmes: trescientas cincuenta y dos páginas de violencia aturdidora, give or take: la letanía de los feminicidios siendo hasta un punto imposible de detener su lectura; pero agobiante, una puñalada que se agudiza cada vez más en lo profundo.

Eso, y el deseo de continuar construyendo un universo que se rige en lo precario, desde el borde, en fin. El libro se compone de cinco partes: mi favorita es la de Archimboldi, la que más rápido leí fue la anterior. 2666 fue la obra que Bolaño escribió hasta el punto de su partida, hace un poco más de dieciséis años.

La cuarta parte compone un 31.4% de la obra en su totalidad, les aseguro que toma rehenes consigo. Conozco de compañeres que no pudieron terminarla de leer, así como yo no pude con Ulysses, o Infinite Jest. Tampoco es cuestión de medirlo todo.

El primer día de enero de 2020, el periódico Noticel reporta los 90 minutos de terror (que) empañan inicio del año nuevo, haciendo su lista de los eventos que se suman a la violencia del año naciente. Lo detallan por hora. A este punto quizás todo es cuestión de continuidad. De la misma manera que al levantarme al mediodía suponía ser un año nuevo en otra parte del mundo, a doce horas y miles de millas de distancia. Como si ya estuviéramos y nada pasara como marca definitiva del tiempo, que todo ocurre en el mismo período, que no es el primero, que es el siguiente.

Mi tía hace café a eso de las seis de la tarde mientras repaso las horas. Entre las 3:04 de la mañana hasta las 4:23, un total de siete pequeñas esferas de metal se calentaron y llegaron a su fin. Me disculpo por el intento, no encuentro manera para describir con gore, no así tan temprano. Me imagino si fueran a parar contra la lluvia que cae sobre el país, en cantidades fuera de lo esperado para unas navidades en el trópico. Imagino cuantos relatos Bolaño pudo escribir en un periodo de setenta y nueve minutos, y que se cansaría en algún punto de escribir sobre decesos en Santa Teresa.

Cuento a las 3:04, 3:10, 3:45, 3:50, 4:00 y 4:23. He estado fuera de mi casa en esos seis instantes, pero nunca cerca de no regresar.

En ese momento se habían detenido los fuegos artificiales, esperaba que las mascotas de mis amigues estuvieran tranquilas. En esos mismos momentos, me acostaba a dormir.

Escuchar las historias es armar un rompecabezas donde resalta el color rojo y las esquinas de las piezas están dobladas: que nunca quieren encajar de la misma manera, pero son imprescindibles para su imagen. O un mapa con fotos Polaroid y un cordel que conecta, que juego a espía sobre un mapa, o a detective (salvaje).

Me he dado cuenta de que en el universo de R. B. suele llover mucho. En el de nosotros ya llueve con frecuencia; ahora tiembla inesperadamente, como si la tierra supiera. No pretendo hacer cuenta de la violencia que sobrelleva el país, o escribir sobre las víctimas en nuestra isla: no he llegado a poder hacerlo sin pensar en como el porcentaje de las páginas sería similar a del libro, que el crimen se repite en cualquier parte del mundo, sea realidad o ficción.

En el segundo día de enero decidí reorganizar mis libros sin razón u orden alguno, puse todos los de Bolaño juntos. Aún no he subido mi copia de 2666 de mi escritorio, la realidad es muy pesada para que se pierda entre otros títulos.

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