Jericó

Por: Jomar Canales Conde (1998, Carolina, Puerto Rico)

Conrad Louis-Charles Photography – 2010

Nicéforo se levantó con la algarabía de los perros enloquecidos por el olor a sangre. Xiomara acostumbraba a degollar en la mañana las gallinas para el almuerzo, y tiraba las vísceras en el patio para que los perros comieran. Muchas veces Nicéforo le había señalado la mala costumbre, temiendo que la carne viva los volvía ferales, pero él se resignó a que ella no lo hiciera al pie de la casa.

Nicéforo se calzó las pantuflas y salió a enfrentar su imperio de pacotilla. Xiomara era la única testigo. «Calla esos perros», le dijo a Xiomara, con su voz afónica. «Sí, mi pastor», ella respondió. Era un hombre lánguido, moreno, con una cruz tatuada en el cuello y unos ojos pálidos y sensitivos a la luz como los de un animal de profundidades. Era un hombre en las últimas, que poco ya tenía que ver con asuntos de este mundo o del otro. Xiomara lo miraba y los nudillos se le tornaban blancuzcos en la empuñadura del cuchillo. Xiomara lo miraba y sentía ganas de escupir.

A su espalda, el agua clorada de la piscina cabrilleaba en el sol. De las treinta y cinco piscinas desperdigadas por las ruinas del resort, la suya era la única que mantenía llena. Las otras yacían sofocadas de sillas de playa, o de basura, o vacías, simplemente. Había sido uno de esos complejos hoteleros mandados a erigir por algún magnate gringo en las cuerdas de terreno que había comprado en la bonanza a fines del siglo pasado, y que abandonó a la maleza cuando el Caribe escupitó uno de sus ciclones devastadores. Fue para esa tierra de nadie, entre los manglares calcificados, donde Nicéforo se refugió con los últimos miembros de aquella célula de Luminosa Dignidad, el movimiento cristiano terrorista que se regó como la pólvora por Latinoamérica.

Xiomara se encargaba de limpiar la piscina, así como el resto de la casa. Vivía con los perros, en una parcela con techo de zinc aledaña a la casa. Vivía allí desde que encontraron a Ramsés destasajado al fondo de una de las piscinas vacías. Y aunque el rencor era algo concreto, una piedrecita opalescente perfectamente concentrada en la boca del estómago, ella seguía en pie a causa de un amor desmesurado (¡desmesurado!), un soplo venido como de la ala de acero de un ángel, que la libraba de sombras y de la podredumbre. Un amor que ella traducía de esta forma: “si me agarrases del cuello, y pronunciaras siete veces el nombre del Señor, sentirías la sangre acelerarse en mis venas con más fuerza, como una fuente que riega mi cabeza de claridad.”

Años atrás, cuando vivía en Santo Domingo, todos los viernes se iba a la playa de Boca Chica con un micrófono y una bocina de rueditas y proclamaba la palabra hasta quedarse ronca. Era su día libre de trabajar como conserje en el Hospital General. Aquella ronquera había sido su única pasión en la vida, y en los momentos en que se sorprendía subiendo de tono alentada por la fanfarria de trompetas divinas se tenía que aguantar de las rodillas, y no caer era ya un acto de fe.

Hasta que conoció a Ramsés, que la buscaba al hospital a la hora del almuerzo, y ella cayó toda. Era también hombre de iglesia. Pero Ramsés tenía una cólera impredecible y a veces la desataba contra ella. Un día apareció alborotado con ideas malas. Ella lo escuchaba hablar de mártires y el Apocalipsis y de Luminosa Dignidad y le daban ganas de escupir. Como cuando en su adolescencia escuchaba a su abuelo decir cosas similares en la campiña de Azúa y sentía ganas de escupir. Pero su abuelo la cogía por la boqueta y con sus dedos de rapiña no la dejaba escupir. Y entonces él se le pegaba y ella tenía que resoplar y rebufar y aguantarse cuando lo que quería era arrancarle la lengua de raíz. Así, con los dientes. De raíz. Así, a dentelladas, con la boca brillante de rojo. Y Ramsés hablaba y ella rebufaba, pero decidió callarse y no escupió.

Cuando una noche vio, en el televisor de una sala del hospital, la columna de humo que salía de una clínica de aborto en las afueras de la capital, supo que no debió haber callado. Claro que a Xiomara no le gustaba aquello en lo absoluto. Iba en contra de su fuero. Una criatura del Señor es una criatura del Señor. Pero la imagen que se desplazaba desde la pantalla y la cercaba en un nimbo enfermizo traspasaba los límites del horror. Porque ella tenía certeza de los presuntos implicados. Y el noticiero, en letras rojas, se lo taladraba en el cerebro: 3 MUERTOS 17 HERIDOS LUMINOSA DIGNIDAD CLAMA AUTORÍA DE ATENTADO SE BUSCA YURIORKIS LÓPEZ 19 AÑOS OMAR OZAMA 27 AÑOS RAMSÉS PERDOMO 23 AÑOS.

Por culpa de Ramsés era que ahora estaba allí, lejos de Santo Domingo, como una sombra, no, como algo más nimio, como una garrapata encostrada a la pelambre de una bestia moribunda. Pero eran así de misteriosos los caminos del Señor. Ella no dudaba. Ella era inquebrantable. No lo hizo cuando Ramsés la arrastró de la casa y la metió en una furgoneta en dirección a Samaná, bajo amenaza de muerte. Ni tampoco en la borrasca del Canal de la Mona, sentada en una yola tironeada por un motor cochambroso, aguantando las náuseas. Y cuando avistaron las luces de Puerto Rico en la madrugada y un rumor estremeció la yola hasta voltearla en campana, ella no titubeó. Nadó, sus brazos debieron hacer el esfuerzo físico, pero ella sentía que levitaba. Que un soplo venido de la ala de un ángel la empollaba entre sus plumas. Un soplo que para ella era un almohadón de plumas pero que para Ramsés era un tijeretazo de acero que lo tumbó de la yola y hundía su cabeza hacia las profundidades. Porque ella lo vio irse abajo en la marea. Para ella, en cambio, todo fue agua salada y de pronto, la orilla. Pero el maligno existía. Eso también era indudable. Entonces apareció Ramsés tosiendo bajo las palmeras, esperándola.

Xiomara limpió el filo del cuchillo contra su falda mahón. Calló a los perros, llevándolos lejos de Nicéforo, quien ahora se quitaba las pantuflas y tomaba el sol junto a la piscina. Llevaba puesto unos bóxers y nada más. Su respiración fragorosa delataba el grado de su desidia. «Tráeme las gafas, hermana», le ordenó a Xiomara. Ella enterró el cuchillo en la tierra fangosa y se fue sin acabar de degollar las gallinas. Sus chancletas dejaron huellas oscuras en el cemento que rodeaba la piscina.

Hacía ocho meses que Xiomara se encontraba en aquella comuna de fanáticos. Nicéforo la nombró Israel y en algún momento albergó más de 500 personas. Hoy debían quedar menos de cincuenta. Los pocos edificios que tenían agua y luz lo hacían a fuerza de plantas de gasolina, reliquias de un desastre de otro tiempo. Simplemente mantener estas carcachas funcionando era un trabajo, pues el combustible no se conseguía fácilmente desde que fue ilegalizado, de modo que Nicéforo había forjado alianzas con caudillos y bichotes para mantenerse a flote. El gobierno ya ni les hacía caso. Era el desplome de un grupo que hasta plantó coches bombas en las avenidas de San Juan y que llegó a ser financiado por las iglesias evangélicas más ricas del país. Ahora daba su estertor en aquel rincón de la isla devastado por desastres ecológicos, una tierra a la intemperie donde no se aventuraba ninguna autoridad.

Xiomara entró a la casa de Nicéforo. En el fregadero vació el agua de las habichuelas que dejó ablandando la noche pasada. Después se puso a preparar un sofrito. Dejó todo listo para el almuerzo, pero le hacía falta terminar de degollar las gallinas.

La casa era una copia exacta de las otras veinte que la rodeaban. Techos altos, salas y antesalas, puertas y ventanas de cristal. Cemento, aire acondicionado, poca ventilación. Muebles diseñados al regusto de un trópico equívoco y nada práctico. Por las ventanas de la sala se veía el campo de golf, explayado entre las casas y lo que había sido las facilidades principales del hotel. Tanto las facilidades como la mayoría de las casas se las estaba comiendo la maleza. Xiomara contó una decena de vacas que pastaban en el campo de golf. Más allá, el mar era un remordimiento de la conciencia.

Unas sirenas instaladas en puntos estratégicos vociferaban, tres veces al día, los sermones de Nicéforo. Antes habían servido para alertar maremotos. Esa fue la primera impresión de Xiomara cuando arribó con Ramsés a la comuna: el sermón acezante. Hubo un momento en que la voz estentórea de Nicéforo era capaz de atribular conciencias, de despertar odios y mezquindades, pero ya desde entonces lo que iba quedando era un ronquido afónico, lastimosamente patibulario. La voz de un farsante.

Xiomara lo tasó desde el primer instante y lo hizo el responsable de toda su desgracia. Ramsés, en cambio, besaba el piso por donde caminaba. Había cruzado mar y tierra por él, buscando un lugar para refugiarse, y la había arrastrado a ella a la fuerza. Si ella era inquebrantable, si su amor por el Señor era desmesurado (¡desmesurado!), la idolatría que Ramsés depositaba en ese hombre era total. Y así fue que ella descubrió el rencor. El rencor que era una piedra opalescente en la boca del estómago y que un día estallaría. Como un pozo negro, como una luz blanca. Contra Ramsés. Contra Nicéforo. Contra todos. Esa era la última prueba.

Xiomara subió las escaleras y encontró las gafas de Nicéforo en un baño del corredor. Unas gafas redondas, de aros dorados y lentes oscuros. Estaban sobre el tocador, entre un puñado de pastillas. Se miró largamente en el espejo. Suspiró. Entonces escuchó un ruido en la habitación contigua.

A menudo, adolescentes larguiruchos correteaban de madrugada por los pasillos. Eran putitos cenicientos que a veces se peleaban a gritos para entrar a la casa. O eso ella imaginaba. Xiomara los oía, acostada en el petate bajo el techo de zinc, con las manos cruzadas sobre el pecho, sin poder conciliar el sueño. Pero desaparecían antes del amanecer.

Esta vez fue distinto. Cuando empujó la puerta lo vio sentado sobre la cama de Nicéforo. Estaba desnudo. Tenía, pensó, como catorce años. Su primer instinto fue agarrar un trapo y botarlo de la casa, a gritos. Pero no lo hizo. Se quedó en el quicio de la puerta mirando los rulos que le caían sobre la frente. El cuerpo frágil, la mirada alelada. Entonces vio que el niño se había cortado una mano con algo que dejó caer en el suelo. Vio las manchas de sangre en las sábanas. Y los moretones en los muslos.

«Estate quieto, mi santo,» Xiomara lo tranquilizó. «Esto se acabó ya.» Cuando lo dijo, sintió que un ángel revoleaba en la alcoba sus alas de acero.

Xiomara tenía su destino trazado. De eso ella estaba convencida. Por eso había aguardado agazapada tanto tiempo, encostrada a la pelambre de aquella bestia moribunda, soberbia ante todas las cosas buenas y ante Dios. ¡Pero ella tenía la lanza, ella sabría hundirla furibunda y torcer! Ya lo había hecho antes. En el patio, llamó a los perros. Dejó caer el cuchillo sobre el pescuezo de la gallina y la sangre salpicó su cara, caliente. Miró la cruz en el cuello de Nicéforo y la piscina reflejada en sus gafas. Pronto se tiñó de rojo. Fanfarria de trompetas divinas.