El estado actual de la literatura en Puerto Rico

Por: Gabriel Torres (1994, Bayamón, Puerto Rico)

“Children in front of school holding up different items”
Melvin Lauver – ca 1946

“Las palabras que ayer empleábamos en un relato

hoy ya no dicen nada ”

—Roman Jakobson

No se titula El estado actual de la literatura puertorriqueña porque lo que está en crisis no es el registro lingüístico de la lengua en el uso estrictamente literario, sino lo que está sufriendo en el país caribeño es La Literatura como práctica y modo de vida; como empleo, como una entidad cultural y artística hasta su rentabilidad en la sociedad capitalista actual. Escribo estado para indicar dos definiciones en las cuales detecto ciertos problemas: la situación en la que se encuentra la literatura y el Estado político, es decir: poder. La tensión no resuelta de estas dos posiciones es clave para comprender la crisis actual.

         No creo exasperar en decir que estamos marcados por la colonialidad. No lo utilizo como excusa, sino como causa transversal en la historia de la literatura en Puerto Rico—dicho sea de paso, materia olvidada hasta en los departamentos académicos. El colonialismo se impone al acto de escribir haciendo que el escritor acuda, implícitamente, a la denuncia de la colonia. Por otro lado, el vestigio que proporciona la colonia tiene consecuencia en la lectura, en el acto de leer y en qué leemos. ¿Qué sería la lectura privada en un territorio colonizado? ¿Cómo se lee lo extranjero, incluso lo local (no ataviaré lo nacional)? Lo que se lee ya se está leyendo desde un espacio —incluso geográfico—compungido, carcomido, donde la correspondencia y llegada de Colón se siguen desarrollando con naturalidad, la naturalidad de un discurso objetivo que se inclina a una postura positivista de la Historia.

         Existe, por la misma línea, una falta de lectura y más allá, una falta de lectura crítica y literaria. No se lee la literatura desde el ámbito literario para afuera sino a la inversa: desde lo extraliterario a lo literario. Esto tiene unos efectos deleznables a la hora de la escogencia de libros de textos, y a la hora de tener conversaciones rigurosamente literarias. Se busca representar un problema sin atender los problemas internos de la construcción de los textos.

         Sabemos, no obstante, que fuera de la Academia hay escasez, hay vacíos y pequeñez. Desde la fundación hacia el 1927 del Departamento de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico toda la literatura, de alguna manera, se ha monopolizado en las paredes de los recintos. Son pocos los espacios fuera de ella que confieren a la misma con seriedad. Autogestiones como La impresora, Editorial Pulpo, Revista Étnica, Demoliendo Hoteles, Archivos del Caribe, etc., se toman la audacia de hacer (y sobrevivir) literatura desde otros espacios y otras intersecciones. Entonces nos viene una pregunta sencilla pero inoportuna: ¿qué hacer si quiero ser escritor/a? La mayoría de quienes quieren escribir son egresados de los deteriorados departamentos de literatura en la Universidad de Puerto Rico o aún menores departamentos en universidades privadas como la Universidad del Sagrado Corazón. Nace otra pregunta, por efecto de la Academia: ¿la universidad te brinda las herramientas o te enseña a escribir? La respuesta es negativa. Algunos de los estudiantes que ingresan en estos departamentos quieren ser escritores y la universidad no responde. Primero porque es una experiencia y descubrimiento personal. Utilizo la palabra experiencia ya que es ésta y ninguna otra función la que te ayuda respectivamente al acto de escribir: solo se aprende a escribir escribiendo. En segundo lugar es que la universidad no te va a mostrar a leer como lee un escritor. Por lo que dije anteriormente y porque, según Ricardo Piglia, un escritor lee de tres modos distintos: en primer lugar reconoce cómo se construye un texto; en segundo lugar, su lectura nunca será inocente sino estratégica, porque es en función de su escritura personal que lee y, por último, lee reflexionando sobre la literatura misma. Como diría Susan Sontag “la academia mata al escritor”.

         Lo menciono pero no quiero que se piense que estoy utilizando este espacio vituperando a la Academia. Soy, en parte, producto de ella.

         Por otro lado, me parece más pertinente que la carencia de lectura y escritura, es el hecho de la conformidad a la mediocridad que existe entre los y las escritores del país. El hecho me resulta evidentísimo: el vacío de la crítica literaria. Siguiendo nuevamente a Piglia en sus conversaciones con Saer, un escritor debe ejercer el arte de la crítica porque es una de las formas de intervenir en la sociedad, en los medios de comunicación, en la cultura de masas. Hacer crítica literaria es la manera que se le deja saber a la comunidad literaria que se está leyendo constante y adecuadamente, no es la rentabilidad de sus textos—dogma ideológico disfrazado de economía, según Saer.

         No existirá crítica literaria si se politiza el arte. Hace unos meses, en el blog Puerto Rican Art News, se publicó un artículo titulado “Necesidad del arte político puertorriqueño contemporáneo”, que hasta parece un trabalenguas. En el texto se hacía, subrepticiamente, una invitación a que los y las artistas se dirigieran, temáticamente, por el camino político de las artes. Es decir, poner la intención política antes de la idea. Lo que parece ser más un acondicionamiento que una invitación: que todo arte contemporáneo tiene que conllevar desde su forma hasta su intención la crítica social clara y evidente. Para decir mejor: dada, masticable. Esto no es una posición sublime del art pour l’art. Esa no es mi postura.

         La literatura ocurre en uno de los estratos sociales donde es afectada, continuamente, por la política. Todo arte es político, como dice, gastadamente, el aforismo. Pero lo que tiene estancada en el pozo de la monotemática es el hecho de politizar toda ficción y poesía que se intente hacer. Se ha convertido en mera retórica. Como dice Bertolt Brecht en sus Cinco dificultades para decir la verdad “En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿mejor para quién?” Esta es la primera verdad de las cinco: “El valor para decir la verdad.” Obligar a los y las escritores a priori sobre qué tienen que escribir es politizar la escritura. El buen texto político (desde la literatura) es el que no habla directamente de política.

         Retornando a la conformidad a la mediocridad, ¿tenemos que leer y aceptar todo lo que se publique sin criticarlo? ¿por panismo? ¿porque es lo único que hay? La literatura actual, exceptuando a dos o tres, es débil literariamente conversando. No lo postulo porque no me gustan mis contemporáneos o no construimos poéticas similares. ¿Qué está sucediendo? Hay dos factores que dilucido: representación vs. técnica (construcción, forma, etc.) y, como expuesto brevemente ya, qué se lee y cómo se lee—para qué se lee. No discurso en contra de la representación, no me parece problemática, ya que es de las mejores herramientas sociales para, valga la redundancia, represente a los sectores y problemas marginados del país y olvidados por el Estado. Lo que está ocurriendo es que se le da toda la atención a representar que se olvida el primer deber: escribir bien. Queremos hablar de las calles perdidas de Santurce y Río Piedras, del campo y su verdes…sin preguntarnos cómo se ha escrito esto antes. Se debe conocer los movimientos literarios que han transcurrido en el país para ver qué se debe cambiar, renovar y descartar. La creación de una poética propia parte del conocimiento literario, del conocimiento de la historia de la literatura.

         El segundo punto es algo parecido al párrafo anterior, y una pregunta que alguien que quiera escribir debe responder: ¿por qué leo? Leer es un trabajo y es incluso uno mucho más fructífero que el de escribir. No hay escritura sin lectura. No se puede leer por leer, se tiene que leer en función de la poética propia en la cual se trabaja. Yo leo para descartar lo que no quiero hacer al momento de escribir, sencillamente.

         Por último, el estado actual es causa directa del Estado—político, poder—actual. “Algo que todo el mundo sabe pero nadie siquiera piensa en demostrar es el hecho de que la política de un país refleja el sentido de su cultura”, dice Geertz. Esta conclusión de Geertz no se refleja en toda la historia política y cultural del país, pero sí la de este siglo. El sector artístico y cultural ha sido totalmente condenado al olvido y más aún, al exterminio. El Estado es y ha sido responsable de la crisis actual de nuestros sectores. ¿Qué debe hacer un escritor? ¡Escribir! No contamos con espacios en los cuales podamos intervenir y donde se logre exponer nuestros trabajos, escritos, artículos…¡tan siquiera opinión! Si no se puede escribir, ¿qué se hace? ¿dar clases en una universidad deteriorada también por el Estado? ¿Abrir librerías? ¿Autogestionar editoriales? Recién cesó de publicar la editorial Aguadulce y clausuró sus puertas la librería de Luis Negrón La esquinita…no hay donde presentar conferencias o tertulias, ni el Instituto de Cultura Puertorriqueña se inmuta en salvaguardar a la literatura. Es, también, responsable por brindar silencio ante la muerte de la literatura en el país. ¿Cuántas librerías hay? ¿cuántas hay fuera del área metropolitana? Si no hay dónde escribir y publicar, no hay literatura.

         Nemesio Canales, en el 1917 escribe “Mi pluma y mi lengua, sin mercado aquí, donde aun no existe la curiosidad intelectual, encontrarán o no mercados en Sur América, en las grandes ciudades de Méjico y la Argentina. Si lo encuentran, le habré hallado a mi planta su verdadera ruta: vivir de mis ideas y para mis ideas.” ¿Ha cambiado algo? ¿Hay curiosidad intelectual en el 2020? ¿Cuántos libros se publican al año? ¿Cuántos de estos libros se discuten profesionalmente? Como Nemesio, vemos el vacío al cual estamos desamparados. El estado —y Estado—actual nos obliga a irnos, a correr de aquí sin mirar atrás, dejando a nuestras familias y amistades en busca de un lugar al cual nuestra empresa sea respetada. No nos queremos ir, pero tampoco nos quedaremos con nada.

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